Llega el día de una nueva aventura, pasado mañana salgo de viaje otra vez, a buscar nuevas anécdotas, a conocer más gente bonita, a seguir disfrutando de las curiosidades del mundo. Encaro para Mendoza, quiero conocer el techo de América, el Aconcagua, y después aprovechar de esa magia que es Chile entre océano y cordillera que te permite disfrutar de la playa y la montaña en un mismo viaje y a pocos días de distancia. Es loco porque esta vez me costó tomar la decisión, juntar las cosas, armar la mochila: que me voy para acá, que me voy para allá, que mejor no voy para ningún lado. A veces uno le da demasiadas vueltas a las cosas. Por suerte hace poquito me recordó Pasqua, un gran amigo, la enseñanza que nos quedó de una de esas experiencias psicotrópicas: que la vida en realidad es sencilla o, mejor dicho, simple: vivir y amar, que el secreto es nunca no animarse porque sino nos secamos y nos ponemos viejos. Es cierto que la vejez trae sabiduría, pero solamente para el alma que envejece de experiencia sin perder nunca el niño interior, para el que sabe reirse de uno mismo, de las paradojas del mundo y cada día tiene ganas de encontrar algo nuevo. ¡Por esas almas levanto mi copa de feliz 2010!
Viajar nunca puede ser un negocio. No lo digo sólo para criticar el lucro que obtiene la agencia que vende un paquete turístico al prostituir experiencias, sin cuestionárselo ni por un segundo: está claro que quien compra (con el dinero y con la cabeza) esa forma de viajar no está viajando, que solamente se limita a desplazarse físicamente hacia un lugar. Para viajar uno tiene que sentir la ruta en el cuerpo y en la mente, el camino tiene que pesar y hacernos sonreir al mismo tiempo y eso se logra mediante el contacto directo con la tierra y con su gente, al hacer carne el movimiento, al tirar al piso cada día la mochila de nuestras experiencias pasadas y vaciarla para que se embarre y se llene de experiencias nuevas. Por todo esto elegí la vida del mochilero, incluso en mi propia ciudad: al mochilero no lo hace la mochila, ni la carpa, ni la bolsa de dormir, ni el mate, sino la actitud de apertura mental, de cabeza-pizarra-en-blanco dispuesta a ser garabateada con todos los colores del universo. Viajar es llenarse todos los días de preguntas sin respuesta que complejizan nuestras preguntas anteriores. Para viajar hay que ensuciarse mucho, porque el polvo es sabio. Ensuciarse sí, pero con respeto.
Conocido es el ejemplo del norte, de la Quebrada de Humahuaca, declarada en 2003 Patrimonio Cultural y Natural de la Humanidad por la UNESCO. Desde ese entonces y en unos pocos años la zona se llenó no sólo de gringos que empezaron a expulsar familias y arrebatarles sus tierras sino también de hordas de turistas y mochileros que encontraron en aquellos pagos un nuevo destino de moda, como tradicionalmente fue el sur. Me acuerdo lo que era la ruta 9 entre Purmamarca y Humahuaca allá por el 2001, la primera vez que fui. Magia, paz y solcito de finales de septiembre, la gente en sus quehaceres cotidianos, la luna que daba vergüenza ajena de lo tan desnuda y grande que se mostraba. A las diez ya estaba todo el mundo en su casa (o en su camping) y el que quería seguir de joda se iba de peña con los paisanos. En la plaza de Tilcara y en la de Purmamarca había feria y mercado pero no una invasión (y me refiero a una verdadera plaga) de pelilargos con guitarra. Por favor que no quiero ser hipócrita y voy a decir que yo viaje hacia allá con una guitarra y con pelo largo y sin duda contribuí al desastre al volver a Buenos Aires gritando a los cuatro vientos la belleza que emanaba el norte; quizás está reflexión va en tono de disculpas por haber sido cómplice, nueve años más tarde, nueve años más viejo.
Algo parecido le pasó al Cabo Polonio (aunque yo ya lo agarré prostituido) y desde luego también a Punta del Diablo (ex pueblo de pescadores en Uruguay por el que hoy en verano se ven circulando autos de baules abiertos con parlantes al palo pasando marcha) especialmente estos últimos años. En la misma dirección camina Bolivia y probablemente Perú aunque este último país viene más acostumbrado al turismo por Macchu Picchu.
Que no se malinterpreten mis palabras: acá no hay una cuestión de elitismo, de vanguardia, de nosotros podemos y ustedes no. Una solución nunca puede ser prohibir, restringir, recortar, censurar; más bien se trata de concientizar. Hay algo que el viajero suele olvidar precisamente porque esta da viaje y es que ese lugar que para él es algo fascinante pero pasajero, para el resto de las personas que allí se encuentran no es otra cosa que su casa y su vida cotidiana de todos los días. Desde esta perspectiva uno se pregunta hasta donde está bien invadir pueblecitos de 500 a 5000 habitantes sin infraestructura como para soportar a 10000 turistas que no van en plan de respeto sino con la idea de que Tilcara, Purmamarca y Humahuaca son respectivamente Gessell, Pinamar y San Bernardo.
Se puede esgrimir el famoso argumento de que el turismo genera trabajo, genera movimiento económico y mejora la calidad de vida de los habitantes del lugar. Sin embargo... ¿quienes tienen la posibilidad de realizar inversiones turísticas en zonas como éstas, quienes se llevar verdaderamente el billete? Seguramente capitalistas no locales que ponen los verdes donde su olfato les dice que puede haber ganancias. ¿Tendrán idea de cómo vive esa gente, qué códigos se manejan, qué cosas son importantes de respetar allí? Lo dudo.
Estoy convencido de que al poner en la balanza el tipo de turismo masivo que se carga la idiosincracia y el estilo de vida de los lugares pequeños, los contras son muchos más que los pro (y por favor a no ser pro > ). Repito, no es la idea romántica de preservar a los pequeños aldeanos en sus vidas pueblerinas de maravilla al margen de la historia (pff! no existe vida fuera de la historia), sino el desarrollar la suficiente consciencia y respeto como para llegar un lugar y aceptar sus reglas y sus formas sin negarlas y sin imponer las propias.
Me da bronca pensar que se trata de una carrera contra el tiempo, que hay que descubrir los lugares bonitos y chiquitos antes de que la marea humana que ya contaminó la costa bonaerense (por dios, porteños, que manía tenemos de ir ahí! nunca voy a entender cuál es la gracia de mudar el quilombo de Buenos Aires a la costa durante dos meses!) se extienda por todo el país. De hecho estoy convencido de que no tiene que ser así, de que podemos hacer que no sea así.
No me gustan los lamentos patéticos que destilan melancolía del tipo "ayyy! antes las cosas eran taaan distintas" porque creo que está en el ahora la posibilidad del cambio: viajar respetando, vamos, que no existe otra forma de hacerlo.
A lo largo del camino, Aldous Huxley
Cortito, concreto, certeramente brillante. De lo mejor de Aldous y poco conocido, libro recomendadísimo para cualquier caminante que se precie.
De golpe, lo percibí todo.
Éramos un cúmulo de momentos y sensaciones,
comprimidos en un segundo.
No había verdad primera ni última,
sólo viento,
la rueda que gira,
y un constante seguir adelante.
Para todos todo,
para cada uno lo mismo:
cada risa esa única risa,
cada beso ese único beso,
y cada mirada,
gracias y mil gracias,
una dulce y nueva mirada.
Esa tarde el silencio fue sol y agua,
un eterno acontecer en movimiento.
De golpe, después de tanto tiempo mudo, lo percibí todo:
vos y yo,
ni vos ni yo,
somos el ahora.
En realidad sí, te mentí. Yo que vengo tratando de ser cabal, y que palabra jodida, de imponerme sobre las sombras que me andan atrás guachas de capa y espada, guachas de esquina y lluvia finita, te mentí. Pero... ¿cómo iba a imaginarme que eras así? Que bastaba un signo para desencadenar tu tormenta de mujer desierta, esa que me escondiste tantas veces y tantas lunas mientras yo vagaba al fresco y perezoso, convencido de muy pocas cosas pero seguro de que "eso, no".
Casi sin avivarme me volví gotas de rocío rescatadas de una madrugada adolescente y vos te hiciste telaraña jóven que vibra íntegra y coquetea con la noche mientras me susurra al oido que era obvio y que todos se dieron cuenta menos vos y yo.
No hay nada más bonito que un beso verdaderamente (in)esperado. Las bocas se vuelven caníbales y los cuerpos descargan toda su furia acumulada, mientras los sentidos chispean.
No soy de poner videitos en el blog, pero el humor inteligente de Capusotto lo amerita.
Disfruten.
Finalmente nos encontramos dos veces. La primera vez para maravillarnos con la cantidad de artistas callejeros (pintores, escritores, músicos, bailarines, etc.) que ofrece la calle Defensa un domingo por la tarde; unos días después para compartir una Stella (aunque no quería tomar birra belga la convencí) y unos tostados en un barcito de Lavalle y 9 de Julio.
Suzy me contó que era la primera vez que se tomaba vacaciones desde hacía dos años, cuando su marido falleció de un infarto repentino y completamente imprevisible en la puerta de su casa. El tipo no fumaba ni bebía alcohol, hacía deporte y llevaba lo que se dice una vida sana.
Ella recuerda haber escuchado el coche llegar y al ratito sus dos nenes, que ahora tienen 9 y 10 años, avisarle que papá se había caído después de cerrar la puerta del automóvil. Al salir se lo encontró en la vereda así, ya no vivo, como me dijo en su español aholandezado. Ya no vivo de golpe, después de cuatro lustros de matrimonio.
Los ojos de las personas que vivieron una muerte inesperada de cerca son inconfundibles: hay tristezas que las palabras no pueden relatar y se inscriben solamente en la mirada.
Suzy me explicó que el fallecimiento de su marido le resultó incomprensible, que no podía entender cómo después de tanto tiempo en su casa, de un día para el otro le tocó desaparecer.
De pronto me la imaginé en las largas mañanas de llanto, mientras los chicos estaban en el colegio, derramando chorros entre salados y amargos en cada una de las habitaciones vacías, bufando, pataleando y apretando los dientes para no volver a gritar, que ya ni voz le queda y el espejo que devuelve a cada rato un par de esferas hinchadas y grotescas que sobresalen de un cuerpo exprimido, de una mujer hecha retazos.
Después pensé en el coraje que significa el estar dos años más tarde delante mío, usurpada pero no vencida, contándome su historia con la frente en alto y mirándome a los ojos.
Que los veinte años se le fueron rapidísimo, que le parecieron dos, a lo sumo cinco, que había sido el mejor compañero que pudo tener, que se sentía completamente afortunada y eso lo sabía desde antes que falleciera. "Si existe el cielo, él es el primero que está ahí"-me dijo.
Yo le respondí que había muy poca gente que podía decir eso y que a pesar de la tristeza que significaba el haberlo perdido, celebraba que lo haya difrutarlo tanto, que muchas parejas comparten juntos cincuenta años y no pueden decir el uno del otro ni la mitad de lo que ella decía de él.
Cuando nos estábamos despidiendo y yo volvía en bicicleta a mi vida, a mis alegrías y a mis miedos, después de ese pequeño viaje que es siempre encontrarse con una persona completamente desconocida e intercambiar esos miedos y esas alegrías, Suzy me pidió que si en algún momento conseguía algún texto en español sobre la reencarnación o sobre la vida después de la muerte, se lo enviara por mail. Le prometí que así lo haría. Antes de arrancar no pude evitar darme vuelta y añadir que más allá del pasado y de nuestra historia personal valía la pena vivir la vida en el ahora, donde ella y yo estábamos parados, donde los caminos de dos seres se cruzaron y brindar por ese encuentro en cada presente. Asintió con la cabeza mientras me saludaba con la mano.
Un ratito más tarde, cuando pedaleaba hacia Retiro, me quedé pensando qué le podía enseñar yo a esa mujer que me había saludado con la frente en alto y mirándome a los ojos, usurpada pero no vencida. Jamás vencida.
El destino no es más que pasarnos años dibujando sobre unas hojas nuestra forma de ver el mundo.
* * *
Si disparamos el beso susurrado al oído de los amantes, entonces mataremos la soledad. Si disparamos los ojos temblorosos y húmedos del anciano que recuerda a todas las mujeres de su vida, entonces mataremos la tristeza. Si disparamos ese último abrazo quebrado, antes del exilio, entonces mataremos el orgullo. Si disparamos la lucha de las madres de pañuelo blanco, entonces mataremos la infamia. Si disparamos la dignidad de un pueblo insurgente, entonces habremos matado al sometimiento.
... no es cuestión de andar con justificaciones, peeero:
No respeto los silencios.
No respeto ese segundo, tan ínfimo, en el que las promesas se cumplen
casi solitas a la luz de las velas.
Cargo una presencia que habla en mi lugar,
como si luego de muchísimos besos
alguien
(que no soy yo)
se revolcara en mi calcio.
Lo único que puedo prometerte es un camino de aventuras
y lleno de contradicciones.
No es nada (tan) nuevo
mujer;
vos sabés que al final todos somos piratas
curtidos pero pendejos,
puteando cada día el agua inédita del destino
qué rica la espumita.
Te pido a cambio un poco de coraje
de isla
nipuraniazulnitransparentenisolnipalmeradecocos;
tierra.

¿Cuándo fue ese momento en el patio, las mañanas en que el cielo se ponía negro de golpe, ni muy temprano ni muy tarde, cerquita de las diez si era que sonaba el timbre o unos minutos después si nos escapábamos, en que sudorosos de vida, excitación y curiosidad, y asomados al portón de metal, siempre beige, se nos venía la lluvia encima y nos gustaba olerla en procesión desde el río, que daba un cagazo pero era la mejor amiga de los besos, y vos eras rubia y Helena, y ese apenas, apenitas fundirse de los labios después de quizás dos primaveras y muchas cartas de amor esperando, en una vuelta en micro desde Pacheco, Garín o vaya uno a saber dónde, como en un juego, en un juego, qué buena la ironía?
¿Cuándo fue el momento en que el patio se hizo cárcel y se llenó de humo de tabaco, de suciedad grosera e insoportable y de voces convencidas pero mentirosas, de palabras-vómito pero vómitos conscientes, y todo ese ejército de transeuntes comenzó a horrorizarnos porque no es curiosidad y sonrisa sino el mal banalizado y siempre ajeno, y la carne que duele hasta en cuclillas, el esperma que se puso duro y la eyaculación mansa, y el juego abandonó las veredas que se cubrieron de polvo y excusas, las relaciones con papelitos de colores, que ni eso porque son colores tristes, aguachentados de desgaste y vergüenza por tanta mano que los acaricia, y vos Elena, y yo, presentimos que un edificio de miedos acumulados se nos había venido abajo, no era todo tan gratis ni tan barato, y nos avivamos que la h no era un letra muda y que había que hacerse cargo de los huesos, de lo brutal que significa ser un animal que ríe y llora y piensa, de lo temprano que se pone el sol los domingos y de lo tarde que se nos hace a veces cuando más nos vestimos de piedra?
Se abre toda,
el ritual es necesario.
Una tras otra se depositan las ofrendas.
El aire seco se impregna de sexo.
Tan mujer, tan madre...
Sexo.
Olor a vientre húmedo.
Penetración que genera y regenera,
penetración que penetra para engendrar un ente,
que volverá a penetrarla.
Orgasmos repetitivos,
orgasmos viejos,
masticados hasta la última gota de jugo,
orgasmos prometidos,
orgasmos infieles.
Ceremonia de ida y vuelta que no conoce principio ni fin:
los hombres caen exhaustos y jadeantes de alcohol,
las mujeres cantan y mueven sus polleras de colores.
Los niños... los niños por vez primera comprenden el secreto:
la única madre chorrea fertilidad.

Un cabo es, en pocas palabras, un trozo de tierra atrevida que le pelea un espacio al mar. Por atrevidos son divertidos: como no hay reparo del continente sopla mucho viento y si te vas hasta la punta podés mirar para todos lados y estar casi completamente rodeado de agua. Además, si la orientación de la costa lo permite (si es paralela a los paralelos y así es en el Polonio) el sol sale y se pone en el mar lo que garantiza espectáculo en doble función: matinal y vespertina.

En el Cabo "no hay" luz eléctrica (algunos restaurantes y hoteles tienen) ni tampoco agua potable: se saca de las cachimbas (pozos o aljibes) o se compra agua mineral. Tampoco existen alambrados que separen a los ranchitos y a la gente porque la tierra es propiedad de una cooperativa entre los antiguos habitantes del lugar y en teoría no puede ser comprada ni vendida ni se pueden edificar nuevas construcciones. En el Cabo no hay calles ni autos ya que es imposible acceder por ruta: solamente llegan las 4x4 y unos camiones super patones después de una excursión de una hora por los médanos, desde la entrada sobre ruta 10.
En el Polonio hay una de las mayores reservas de lobos marinos del mundo. La gran parte de los lobos viven en dos mínimas islas rocosas que están a unos centenares de metros de la costa y desde allí lanzan a toda hora del día sus sonidos guturales de vagos tomadores de sol. Una buena cantidad de estos simpáticos animalitos se posa también en la punta misma del Cabo y para espectáculo de los viajeros retozan un rato entre las rocas hasta lanzarse al agua aprovechando el rompimiento a pura espuma de alguna ola. Es para quedarse mirándolos por horas en su ceremonia secreta y de seguro milenaria. Lo curioso es que la actividad es sumamente peligrosa: muchos lobos quedan atrapados sin poder volver y otros se lastiman por la violencia de un mar al que no le gusta estar encerrado entre peñascos. Pero los animales vuelven y luchan contra la corriente una y otra vez. Uno se pregunta con envidia qué código genético los impulsa a arriesgar la vida constantemente por unos minutos de felicidad solar...
En el Cabo hay uno de los once faros de la República Oriental del Uruguay, en el que se inspira una canción de Drexler (12 segundos de oscuridad). A mí los faros siempre me cayeron muy bien así que donde veo uno me subo enseguida. Más allá de lo divertidamente incómodo que resultan esos 30 0 40 metros escaleras caracol arriba esquivando viejos que suben y gente que baja, llegar al mirador es garantía de visibilidad maravillosa: el pueblo es pequeño y la dispersión de las casitas produce la sensación, no se porqué, de estar mirando una elaborada pintura de algún artista loco y obsesionado con los detalles.

El gusto que me quedó del Cabo fue un tanto extraño, en principio porque en verano hay bastante más personas de las que uno se espera. La gente que va no tiene mucho que ver con el tipo de viajero que me imaginé las primeras veces que escuché hablar del Polonio. Quizás es que hubo un boom en lo últimos años. El prototipo de visitante es el bohemio-progreburgués. Y claro, los precios están pensados para turistas extranjeros: más allá de que el cambio charrúa no nos favorezca está bastante claro que ochenta dólares la noche por un pequeño rancho va mucho más allá de lo que la mayoría de los uruguayos pueden pagar. De todas formas la gente copada está y a pesar del turismo inevitable: después de pasar la primera noche en la carpa que se nos volaba con el viento, conocimos a una doña que había alquilado un rancho por un día ("y le dije al tipo: yo no te doy 80 dolares por esto ni loca! Soy uruguaya, me estás tomando el pelo??? Tomá 30 y conformate") y nos invitó a los tres que éramos a dormir junto a su familia aunque la casita era chica, sabiendo que el acampe en el Cabo no es bienvenido y puede acarrear problemas con los paladines de la ley. Antes de descansar y para terminar un día increible nos fumamos uno con el marido de la doña mirando las estrellas. Un viaje de ida...
Conclusión: el lugar es hermoso y muy recomendable aunque en temporada desborda de turistas de clase media-alta progre y de hippeada más bien careta. Lo mejor es intentar interactuar con los verdaderos habitantes del lugar que son pocos pero que seguro garantizar escuchar alguna historia interesante. Una buena idea sería viajar en primavera, cuando el tiempo ya está lindo pero las hordas de turistas son prácticamente nulas.
Apartado para jipis: la policía se pone molesta con las carpas (no hay campings) pero existen algunas alternativas medianamente saludables. Una puede ser ir hasta la segunda cañada y buscar refugio allí, mejor entre los arbustos para robarle unos centímetros cuadrados de sombra a un sol que se empeña en salir y entrar siempre desde/en el mar. Otra posibilidad es hacer la gran night-use que consiste en llevar la colorida casa a cuestas cual caracol de los 70' y por las noches desplegar el campamento también detrás de un arbusto, pero ahora para protegerse del viento. En este caso se recomienda mantener alto el nivel de carpa cerca de la carpa porque cualquier luz inoportuna (fuego, linterna, tuquita on) puede significar un pasaje gratuito en camioneta y sin equipaje, cortesía de los milicos, con destino final en la ruta 10. Y quizás, si están de buen humor, se dice que te llevás un golpecito de yapa.
Brazil es una película de culto del genial director Terry Gilliam. Es una versión libre de 1984, el libro de Orwell que plantea una sociedad futura donde existe un gran estado ultraburocratizado que avasalla las libertades personales y controla a todos los individuos. Una policía especial (en el libro de Orwell la policía del pensamiento) hace desaparecer y tortura (nos vamos a acordar mucho de nuestros gobiernos militares de los '70) a cualquier persona que sea sospechosa aunque lo sea por errores (bugs) del sistema burocrático.
En ese mundo avasallador la apuesta del director es una historia sencilla en la que uno de los empleados del Gran Estado, Sam Lowry, lucha por encontrar y enamorar a la mujer que vio en sus sueños y para lograrlo se enfrenta al mismísmo Sistema. Leí algunos reviews bastante críticos para con la historia, a la que consideran el punto más flaco de toda la película: simplona, aburrida, poco interesante. Me parece que no hace falta ver toda la filmografía de Gilliam para entender cuáles son sus obsesiones porque en Brazil quedan claras desde el principio. La inocencia, la pureza, el amor y todas esas pequeñas cosas que, aunque cursis, hacen a las personas verdaderamente humanas y están más allá del poder destructivo-invasivo de cualquier mundo apocalíptico. Ahí adentro, donde uno esperaría una historia compleja y rebuscada, Gilliam sitúa a un hombre que va en busca de lo único que parece poder salvarlo de ese mundo opaco: el amor. El mensaje está muy claro independientemente del final que cada uno elija (los yanquis tienen una versión censuradísima con otro final WTF!?): incluso en una sociedad donde está todo mal, donde todo es gris y se derrumba, son los sueños los que nos empujan hacia adelante y andar tras ellos es lo que le da sentido a la vida. En última instancia no importa si jamás se cumplen: lo mágico no es llegar sino caminar. Por eso en Brazil casi no hay lugar para un amor consumado. Sam se pasa la mayor parte del tiempo corriendo detrás de él y haciendo lo imposible por alcanzarlo.
Lo brillante del director es haber engendrado esa atmósfera tan densa, cargadísima, que pesa por todos lados, con edificios enormes de pasillos interminables pero con oficinas angostas e incómodas, con casas supertecnificadas y futuristas pero apiladas unas arriba de las otras. Es el Sistema riéndose de la compresión del alma humana. Una mezcla absurda de sociedad post-industrial barroca, oscura y consumista, una verdadera antiutopía que, a pesar de todo, deja lugar a cierto humor filoso bien gilliano: la escena del jefe del piso perseguido por todos los empleados consultándole que tienen que hacer a los que va respondiendo "si, no, déjelo, claro, desaparezca con eso" mientras camina y habla al mismo tiempo con Sam; la mensajera que canta los mensajes pero llega una hora tarde para entregar una invitación a la fiesta porque están sobrepasados de trabajo; el personaje neoanarquista guerrillero de Robert de Niro (muy bueno!) intercambiando el tubo de aire con el cloacal para llenar de excrementos a los obreros trabajando al interior de la casa; el ataud de la amiga de la madre que se deshace en huesos y órganos producto de las pequeñas complicaciones en las pequeñas complicaciones de sus cirugías estéticas...
El broche de oro son varias secuencias oníricas (y por favor entendamos que son largas intencionalmente!) que dan lugar a muchas interpretaciones diferentes y tratan al mismo tiempo de la psicología, el pensamiento y el misterio del alma humana.
Superrecontra recomendada.
Historia del nomadismo, la comodidad y la acumulación
Etiquetas: antropología, energia, sistema, viajesAlgunas respetables personas de barba y anteojos y poseedores de suculentas bibliotecas llegaron a la conclusión de que tanto movimiento respondía a la necesidad de encontrar nuevos territorios de caza a medida que se iban agotando los ya transitados. Yo creo que, en realidad, la razón principal del nomadismo era (y es) llenar los ojos con nuevas maravillas. Nuestros ancestros se desplazaban a lo largo y a lo ancho del planeta porque habían sido picados, ya desde la creación, por el bichito de la curiosidad, bichito que contagia una enfermedad incurable.
Un día vino la comodidad, que si no es madre de todos los males por lo menos es tía, o prima.
Los hombres decidimos establecernos en grandes hormigueros cada vez más ruidosos, grises y sucios. Los ojos que estaban tan habituados a maravillarse se aburrieron de esa vida tan poco digna de un ser curioso y entonces empezamos a pelearnos entre nosotros, impotentes de enojo y frustración. En ese momento algunos hombres se covencieron de que acumulación era sinónimo de maravilla pero solamente si la acumulación quedaba restringida a unos pocos. Sus ojos se secaron y finalmente quedaron ciegos.
Por suerte todavía hay quienes tienen ojos que ven, ojos que se humedecen y se maravillan, ojos que sueñan con recorrerlo todo...
Detener el tiempo, detener la palabra.
En vez de escuchar, no escuchar.
Sentir el cuerpo-mente.
Abrir los ojos y ver la miseria.
Tantos años jugando con el destino,
geométricamente,
destruyendo al construir,
destrozando al trozar,
descomponiendo al componer.
Infectando cada célula,
cada miligramo de pureza.
El tiempo se detiene, se detiene la palabra.
Tres millones de años,
para presenciar el final de los días.
La conocí cuando fuimos con Dani a Valizas, hermoso balneario del departamento de Rocha, el último de playas en el Uruguay, pegadito a Brasil. Estábamos buscando un lugar donde tirar la carpa y encontramos su rancho "El rincón de los Poetas" con varias carpas alrededor. Es una pequeña casita construida enteramente en madera con entrepiso, un baño, un cuartito atrás para los libros y otras cosas antiguas y una quinta en el jardín que Nuri cuida con la perseverancia y la magia suficientes como para que crezcan tomates, choclos y calabazas en un suelo que es pura arena.
Fue como tener una abuela por unos días. En lo de Nuri la comida era comunitaria y el orden y la limpieza también. Es una abuelita que tiene una forma clara y directa, pero a la vez dulce y maternal de organizar la casa y la estadía de unos diez mochileros setenta años más jóvenes que ella. En su rancho todos saben en qué les corresponde colaborar y lo hacen con gusto y pasión.
Durante nuestra estadía Nuri nos contó algunas cosas que son gotas de agua en la inmensidad de un océano tan grande y tan pequeño, humanamente, geologicamente, de 91 años. Vale la pena recordarlas porque son algo así como ir a comprar un cuarto kilo de miñoncitos a la panadería de la otra cuadra una mañana cualquiera de un día cualquiera para desayunar, o pasar una noche de música y besos en penumbras, o meter la mano en la arena entibiada por el sol y sacarla lentamente para disfrutar del deslizarse de cada grano por la piel; cosas para algunos tan grandes y para otros tan pequeñas que dan cuenta de la compleja simplicidad de nuestra existencia.
Nuri fue cofundadora del Frente Amplio, el partido político de izquiera uruguayo que ganó las elecciones presidenciales por primera vez en 2004 luego de unos 150 años de victorias repartidas entre blancos y colorados, sectores terratenientes y burgueses de derecha y centroderecha. Tabaré Vázquez fue quien asumió la presidencia en 2005 y son grandes amigos con Nuri porque fueron compañeros militantes en momentos jodidos para la izquierda. Ella nos dice que no entiende que la marihuana, planta de la risa, la relajación y la buena vibra esté prohibida, y que un día que se encontró a Tabaré ya electo le pregunto qué no la legalizaba, a lo que el máximo mandatario uruguayo respondió "¿por qué me pregunta compañera? ¿usted fuma?". Nuri nos dijo que no, que no fumaba, pero que había preguntado porque entendía a la juventud. En este momento se me ocurre que quien hace cosas malas es el hombre, no la naturaleza, de manera tal que ninguna cosa que nos de el planeta debería estar prohibida. Pity, tan bastardeado, tenía razón.
Nuri es comunista y nos contó que tenía 400 horas de vuelo porque se había preparado para la revolución. "Fracasó acá porque estuvo dirigida por intelectuales iluminados que no creían, en un sentido profundo, en el pueblo". Revolución sin pueblo no es revolución, es un cambio de nombres en el poder digo yo y me pregunto si tanto libro no sumerje a los intelectuales en la pileta de la soberbia, que es la misma pileta que la del barrio privado: la pileta de la irrealidad.
Nuri tiene un hijo desaparecido durante la dictadura uruguaya que fue más larga que la argentina, desde 1973 hasta 1985. Nuri tiene también un hijo internado en un psiquiátrico producto de seis años de atroces torturas que dice no querer contar para no impresionarnos. Nuri tiene, además, unas tías que viven en Brasil y cada tanto la visitan en Valizas pero que parecen no comprender la energía que mana de esta abuelita postiza de pelo bien bien lacio y blanco: se quejan de que no hay luz en el rancho, de que se ocupa el baño, de que comemos tarde, de que faltan utensilios y se quejan hasta si se les pide permiso para pasar. Al mismo tiempo la tienen a Nuri de acá para allá, le piden cosas y esperan ser servidas rápidamente. Y ella sonríe y cumple, no entre suspiros ni con la resignación de quien piensa "no entienden nada", sino con el corazón abierto y sincero con el que se mira a la familia, que, según se dice, es sagrada.
(Enero de 2008, en algún rincón desierto de la costa bonaerense)
La que se fue a vivir a Italia era roja, tan cursi como el amor cursi.
La Piba de los Artilleros era naranja, dulce en invierno y en verano amarga.
La que es mitad uruguaya siempre fue azul, profunda e incomprensible.
La que tocaba la guitarra era y es violeta, como el cielo de un atardecer gesellino.
Me costó mucho entender porqué nunca te pude asignar un color. Hoy me di cuenta: lo que pasa es que sos el arcoiris.
- Un supermercado chino que tenga entrada angosta, y sea largo hacia el fondo, cuanto más largo mejor. Si bien digo "chino" sépase por favor que jamás en sentido despectivo ni con intenciones de generalizar como suele hacerse. No comparto para nada este tipo de generalizaciones; aunque no creo en las fronteras ni en el patriotismo entiendo y es válido que haya gente que se moleste por ellas. Te reto a que te mudes con tu familia a China (o a Corea o al país de Asia que quieras) y pongas un supermercadito a ver si se te hace fácil. Ah! y que además te llamen sudaca...
- Una empresa mediana, de ahora en más La Empresa, preferentemente dedicada al rubro de alimentos o bebidas (restaurante, hotel, bar, etc.) que tenga algún mostrador de recepción atendido por empleados (nunca dueños) y se encuentre en la misma cuadra del supermercado, cuanto más cerca mejor. La elección parece difícil pero hay tantos supermercados chinos que las posibilidades se agrandan.
- Camisa y pantalones negros informales, la camisa abierta hasta el tercer ojal.
- Cadenita con cruz al cuello.
- Hoja A4 y birome.
- Seguridad en uno mismo, cara de póker y buena actuación.
- Suerte o, en su defecto, un empleado boludo.
Previa:
Escribís en la hoja A4 bien grande diferentes cantidades de dinero expresados en cambio chico preferentemente hasta billetes de 5, por ejemplo:
200 x 0,25
400 x 0,50
600 x 1
450 x 2
800 x 5
Doblás el papel en cuatro y te lo guardas en el bolsillo. Te calzás la birome en la oreja cual verdulero de barrio.
Receta:
1. Entrás al supermercado chino y encarás al que parezca el dueño. Le decís que trabajás en La Empresa y necesitás comprar cinco o seis cajas de vinos pero solamente si te puede hacer factura B. El dueño que para los negocios es más rápido que Schumacher no presentará ningún problema.
2. Enseguida vas a La Empresa y te presentás en recepción como un empleado del supermercado chino y aducís que te mandan de allá para preguntar si les interesa algo de cambio ya que tienen muchas monedas y cambio chico y ese es un dinero incómodo para el pago a proveedores pero antes de ir al banco a cambiar prefieren preguntar si le viene bien a La Empresa algo de cambio. Les entregás el papel que tenés escrito con las diferentes cantidades de dinero y les pedís que te remarquen lo que necesiten que vos se lo llevás al supermercado y lo preparan para darles el cambio. Mientras los empleados deliberan sobre lo que corresponde hacer intentás distraerlos y distender el ambiente comentando que viste una nota sobre La Empresa en la televisión o en un periódico zonal o en cualquier cosa que se te ocurra que quede bien en el momento y hacés sutiles comentarios del estilo de "¡Qué linda que está La Empresa! Nunca había entrado, la verdad que tienen todo pipí cucú", etc. En este momento pueden ocurrir dos cosas: o te dicen, "no gracias, no necesitamos" por desconfianza o porque están en la mafia de los bondis y tienen monedas de forma que el engaño se torna irrealizable, o, si todo sale bien, te marcan algunas o todas las cantidades que vos escribiste y te dicen que van a preparar el dinero para llevarlo. Si tenés suerte y la cosa viene por ese lado, rápidamente decís que te vas para el supermercado y los esperás allá a que traigan los billetes para darles el cambio.
3. Este es el último paso y el magistral y para eso tenés que estar preparado. Ni bien llegás al supermercado chino te acercás al dueño con que hablaste antes y le pedís que vaya acercando las botellas a la zona de cajas, que enseguida viene otro empleado de La Empresa que te va a ayudar a llevarlas. Mientras lo acompañás a buscarlas hablale de la factura B, hablale de La Empresa, hablale de lo jodido que es mudarse a un país que queda en la otra punta del planeta, hablale de lo que quieras. No importa si no entiende lo que decís o si vos no entendés lo que él te dice, lo importante es que cuando llegue el empleado de La Empresa estés cerca del chino hablándole. En cuanto ves de reojo que el otro viene muy campante para proceder al intercambio, seguís hablando deliberadamente unos segundos más con el dueño del supermercado, los suficientes como para que te vea pero los justos y necesarios como para que al acercarse no llegue a oir lo que estabas hablando. Es el momento en que más que nunca hay que conservar la sangre fría porque tenés a ambos bajo tu poder virtualmente engañados y ninguno tiene que sospecharlo: el chino piensa que el empleado es tu compañero de trabajo, y éste último está convencido de que laburás en el súper y que por eso naturalmente estás hablando con el dueño. Cuando el empleado de La Empresa se acerca a vos para preguntarte por el cambio le decís que para no sacar la planta delante de todos (si tenés suerte hay gente pagando en las cajas que ratifica tu postura) es mejor que hagan la movida atrás así podés contar las monedas tranquilo. Si el tipo es medianamente confiado (pensá que él cree que trabajas ahí) te sigue adonde lo lleves. Lo ideal sería ubicarse al final o cerca del final de uno de esos largos pasillos que tienen los mercaditos y donde, por supuesto, no haya ningún cliente. Entonces sí el gran final y el instante en que tenés que utilizar todo tu tacto para lograr que el pobre hombre te de el dinero porque él así lo quiere. Nada de "dame la plata" ni de forzar la situación. Al contrario, la jugada es mantener la actitud más pasiva posible y esperar a que el otro saque el efectivo y lo cuente delante tuyo. Ahí lo tomás como naturalmente y le decís "bueno, esperame acá que voy a traerte la bolsa con las monedas para que las contemos". Si el tipo es medianamente inteligente te va a contestar que no te va a dar la guita hasta que no traigas el cambio a lo que le replicás "OK, ya vuelvo" y te vas tranquiiiiilo caminando hasta la puerta del supermercado para no volver a pisarlo nunca más en toda tu vida. Si el tipo es medianamente boludo hacés exactamente lo mismo pero con un linda cantidad de billetes en la mano y una sonrisa de oreja a oreja que para todo lo demás existe MasterCard.
A ver: convengamos en que no es lo mismo saber con certeza cuándo va a llover (señores del pronóstico del tiempo, lo digo en nombre de todos los argentinos y de una vez por todas: dejen de mentirnos!), cosa de poder llevar por la calle el paraguas enfundado con altivez ese día de 35º y sol machacamentes para abrirlo con sonrisa maliciosa ante las miradas de odio de tres mil transeuntes empapados por el súbito diluvio, no es lo mismo, que saber qué palabra decir (será una? serán diez?) entre tantos millones de palabras entre tantas lenguas y dialectos entre tantos movimientos espásticos y estúpidos; qué formula de qué libro de la Biblioteca de Babel utilizar para adueñarme de ese pocito en tu mejilla cuando te reís.
Mientras espero por aquel secreto aún más precioso les ofrezco el que hoy tiene, para mí, la categoría de número uno: un manual virtual práctico para viajar a dedo recién sacadito del horno.
Voloshinov diría que "el signo es la arena de la lucha de clases" y aunque no pueda asegurar (pero lo se!) que las elites organizadas de Condor-La Estrella, Via Bariloche, Flecha Bus, el infaltable Aconquija y sus variaciones locales maquinen seriamente en la constitución de sentidos del bastardeado signo dedo (símbolo, índice e ícono por suerte) le voy a hacer caso al camarada y voy a luchar por establecer un nuevo contexto de significados alrededor de la difamada extremidad. Por lo tanto es necesario destruir primero algunos de los preconceptos instaurados por tan malintenciondas elites:
- Hacer dedo es peligroso: el más falso de todos los prejuicios con que es atacado nuestro compañero de ruta que es uña y carne y con quien somos carne y uña. Decir que el dedo es peligroso es lo mismo que decir que es peligroso tomarse un taxi (si sos lo suficientemente paranoico como para no tomarte un taxi por favor dirigite a esta web [y quedate ahi y también quedate en tu casa por favor]). No es que absolutamente nunca pueda pasar nada en la ruta haciendo dedo pero no tengo dudas al afirmar que es muchísimo más peligroso (dándole el significado que quieran a la palabra peligro) caminar por una ciudad nocturna. Lo curioso de la gente que define al dedo como arriesgado es que nunca lo practicó (por eso se llama prejuicio!). Es cuestión de preguntarle a cualquier persona que haya viajado a dedo alguna vez (no quiero ser sectario pero probablemente sea una persona feliz) para escuchar solamente recomendaciones. Incluso de parte de señoritas, si es lo que están pensando. Si lo que preocupa es la seguridad baste con decir que con saber donde ubicarse el riesgo mínimo se reduce a la mitad. Y siempre está el olfato que sirve para decir "no, gracias" antes de subirse a cualquier vehículo.
- El viaje a dedo es lento: este es un prejuicio que tiene bien poco sentido si nuestra idea de viajar es partir hacia la aventura de lo desconocido. Por muy cursi que suene, la verdadera aventura no conoce tiempos. Es mucho más interesante dejar que la energía del camino (escépticos empezad a creer!) nos lleve a su gusto y nos muestre los lugares y las maravillas de la ruta a su ritmo y con su paleta de colores que transponer la velocidad y la paranoia urbanas para correr desenfrenadamente sin saber muy bien porqué. De todas formas, considerando que alguna vez necesitemos movernos rápido (suele suceder a la vuelta, pero habría que empezar a tomar la vuelta con tranquilidad, al fin de cuentas no es otra cosa que un regreso a la rutina), es necesario aclarar que aunque en trayectos largos es probable, sólo probable, que viajar a dedo sea más lento que viajar en micro o tren, no es necesariamente así. Una vez en Caleta Tortel, en el sur de Chile, no pegué un viaje en avioneta hasta Puerto Montt (+ o - 1300 km sobrevolando Laguna San Rafael) sólo porque me sobraban unos kilos en la mochila y la aeronave venía demasiado cargada ya (shit!). Sin llegar al extremo de suponer que siempre tendremos la suerte de que haya buena onda y un avión cerca nuestro y que además estos dos elementos comulguen, el dedo muchas veces se transforma en la opción más rápida por varias razones: en trayectos cortos (menos de 100 km) el viaje a dedo en espera+recorrido, suele demorar menos que mediante cualquier otro medio, en espera_hasta_que_salga_el_próximo_bondi+recorrido, más aún si no circulan muchos medios de transporte pagos por la zona (la gente es buena onda y se copa).
En viajes largos siempre existe la posibilidad de pegar trayectos interesantes, incluso de más de 1000 km, a bordo de alguna 4x4 de un señor que esté apurado por llegar a su casa para que su esposa no se entere lo que estaba haciendo en otra parte del país. Aunque parezca gracioso, este y cualquier otro tipo de personajes son los que se encuentran en la ruta. Por poner un promedio, si uno está apurado por llegar a un determinado lugar, viajando solo y poniéndole ganas se pueden hacer unos 600 km por día. Este número es recontrarequeteagarrableconpinzas porque depende de varias cosas (ver próximas entregas de este manual), pero es lo que calculé por lo menos para la Argentina según mis últimas salidas dédicas. Si sos mujer seguramente vas a viajar más rápido todavía.
- Hacer dedo es aburrido: hay gente que dice que las esperas en la banquina con el pulgar en alto y el sol destruyendo la realidad son la peor parte del viaje. No se si todo, no se si tanto.
Primero que nada la banquina es una posibilidad, una apuesta, es el momento en que todo puede pasar, y eso significa una libertad muy especial, un tipo de libertad desconocida en el día a día rutinario. Entre otras cosas la banquina es buena para descansar un poco y disfrutar del verdadero no hacer nada o para planificar como seguirá el itinerario. Acompañado por algún otro caminante suele ser un momento muy divertido. Es cierto que cuando pasan varias horas y no tuvimos suerte los ánimos con ayuda de la isolación suelen caldearse y quizás aparezcan algunos brotes psicomalhumorados. Pero no sólo se pueden solucionar tomándose el viaje con más calma y pensando "será mañana", o desistiendo y pagando algún micrito corto, sino que es probable que esos momentos duros sean una de las anécdotas más divertidas para contar a la vuelta, compartiendo una birra con gente querida. Se me vienen a la cabeza los miles de inventos que limamos con amigos en una banquina para pasar el tiempo o para conseguir viaje. La típica es el piedrazo contra el cartel del lado de enfrente (aunque mejor que no te vean los automovilistas ni los vecinos) pero hay variaciones más divertidas como malabares, guitarreadas, equilibrios absurdos con gente a cocochito, disfraces a base de bolsas de dormir y carteles irónicos o humorísticos con intenciones de sacar por lo menos una sonrisa al conductor que viene de frente y duda si levantarte o no.
Una de las cosas más lindas de moverse a dedo tiene que ver con lo que significa conectar con personas de cualquier clase, trabajo, ideología y color y, sobre todo, con sus anécdotas de vida, porque eso es lo que termina surgiendo cuando uno se pone a hablar con un ser humano que desconoce completamente pero con el que va a compartir las próximas dos, tres o quince horas de ruta. Es como si se viajaran muchos viajes al mismo tiempo: por un lado está el itinerario propio, el del mochilero, que empieza y termina en el hogar, con todas sus viciscitudes, aciertos y adversidades, pero además en cada tramito, en cada vehículo que nos lleva, se esconde una caja de sorpresas que contiene otras experiencias, caminos de otro caminante que pueden parecerse en mucho, todo o nada al nuestro. Algo similar ocurre a quienes alojan peregrinos en su casa y dicen que "viajan sin viajar" porque pueden disfrutar de los relatos y las aventuras de aquel que está de travesía y las historias de las tierras de donde viene sin moverse de su casa. El dedo es la suma de las dos cosas: vivimos nuestro viaje y al mismo tiempo, nos metemos por un ratito en la casa con ruedas de nuestros anfitriones y escuchamos sobre otros viajes, otras vidas. Si se dice de los viajes que "abren la cabeza" hay que agregar que esta multiplicidad condensada de viajes en la que se transforma la vida del mochilero que se mueve a dedo es una experiencia mucho más enriquecedora. ¿Todavía hay quién piense que el dedo es aburrido?
Cuatro o cinco metros nos separaban del resto de la humanidad. El patio siempre fue tierra de nadie, porque entrar en él significaba acercarse a los confines de nuestro paraje. Tu habitación era pequeña, de tres por dos quizás, pero los dibujos en las paredes, los pedazos de espejitos pegados, los pocos libros, el azul que se respiraba en el aire y la infaltable música la transformaban en un planeta único para explorar. Allí pasamos una primavera tranquila y un verano a los saltos... No pudimos con la tristeza del otoño, cuando tus cosas siempre se tiñen de canela.
¿Será que, paso a paso, mientras se hacen y deshacen imperios y fronteras, la Energía-Luz se corrompe, se transforma en Energía-Pasiva?
Algunos fueguitos están demasiado encendidos como para ser fueguitos bobos. La mayoría de los poetas no escribe y, por supuesto, muy pocos escritores son poetas.
Poesía es renovarse todos los días.
Salí de Buenos Aires, siempre huyendo, a las 4:15 de la mañana desde lo de Dani, en Vicente López. La combinación 152+118 me dejó en Once donde tomé el 88 (después de pagar $ 9,25 en monedas!!!) hasta el peaje que está justo pasando Cañuelas, sobre la RN3. Arranqué el dedo afilado (ese peaje es a ticket to ride si vas rumbo al sur). A los quince minutos me levantó Ricardo, un muchacho que viajaba con el hijo a Olavarría, su lugar de origen. Ahora vivía en Vicente López lo que nos transformó en vecinos. Charlando un poco más resultó ser de la comisión de tenis de Platense, el cuadro de mi corazón. El club viene mal y lo sabemos todos, lo dicen los resultados, el recambio de técnicos, la rescición de contratos, etc.; lo que yo sabía sólo a medias es que el principal y casi único problema es la barrabrava. Ya no tiene que ver con bardearla en la cancha o agarrarse a puntazos con la barra de Tigre, sino con el control total del club por parte de algunos violentos que, entre otras cosas, van calzados a apretar a los jugadores y rompen las instalaciones si no se hace lo que piden. Al horno con fritas.
Ricardo me alcanzó hasta Azul y me dejó en una rotonda donde cinco minutos después (de verdad que estaba afilado) me levantó Gus al volante de uno de esos camiones de dos pisos que llevan autos y que, puedo decirlo por experiencia, casi nunca te llevan porque es mucha guita la que transportan en rodados. Gus resultó una masa. El primer camionero que veo con el porta CD's lleno de discos de Sabbath, Stones, V8, Hermética y más metal (aunque con algún que otro disco de Sabina también, ja!). Un grande. Hablamos de la música, la joda, las drogas, las responsabilidades... Me acuerdo que estaba contento porque pegaba viaje después de un buen tiempo sin laburo. Nos hicimos amigos en el corto viaje que hay de Azul a Tres Arroyos. Me dejó su celu para que nos mensajeemos y que cuando quiera le pida, como dicen los gallegos, un aventón.
En la estación de servicio de Tres Arroyos paré a comer unos tomates y una banana que compré en un mercadito cercano. Ni bien terminé el almuerzo salí a la ruta y el segundo auto que pasó, conducido por Carlos, me levantó. Creo que no era mi estilo de persona pero definitivamente sí un buen tipo. Me quedaron dos cosas patentes: una, su forma de clasificar a la gente en tres tipos: el que tuvo buena formación (ética, moral, honestidad) sin buena educación, según Carlos muy buena gente; el que tuvo mala formación y buena educación (escuela, conocimiento, intelectualidad), los más hijos de puta, y el que tuvo buena formación y buena educación, los mejores de todos, personas excelentes. Es una postura recontra clase media progre porque claramente no es el nivel intelectual lo que hace a la gente buena o excelente. El segundo recuerdo que me viene a la cabeza es ese elemento bien característico de nuestra identidad argentina: la contradicción. Mientras Carlos me hablaba del respeto por los demás, por las reglas buenas para la convivencia, etc., iba a 150 km/h por una ruta súper transitada haciendo maniobras que ponían en peligro varias vidas más que la suya. Finalmente se re portó y me alcanzó 15 km más allá de donde él iba para dejarme en un buen lugar donde hacer dedo, a la salida de Bahía Blanca.
En ese lugar, que resultó ser un parador de camiones, me encontré con una parejita de artesanos, él de Santa Rosa, La Pampa, y ella de Barcelona, España, que venían viajando por todo el país y tenían planeado bajar bordeando la costa patagónica por la ruta 3 y volver por la famosamente complicada ruta 40. Eran como las tres de la tarde y andaba re cansado como para seguir dedeando así que mientras aprendía de Leticia y Mauro algo de macramé decidí ranchear ahí con la alegría de haber hecho 700 km casi de una. A la noche conocí a un personaje de los más limados que me crucé en la ruta: Víctor. Vivía desde los siete años en la calle (tenía veinticinco) y andaba de mochila, recorriendo, laburando, mangueando, todo un verdadero busca. Yo nací en la ciudad con su desconfianza y sus prejuicios y aunque intento salir para abrir la cabeza siempre cargo algo de toda esa bosta en mi mochila. Me costó congeniar con Víctor. Se notaba que había sufrido mucho y que era muy solitario a pesar de toda la gente que conocía por andar de acá para allá. Daba muchos consejos y no escuchaba ninguno, dormía sin carpa ni bolsa de dormir en la calle. Venía de Usuhaia ("¡me cagué de frío!", mirá si no se iba a cagar de frío allá abajo y sin abrigo!!!) y se iba para Buenos Aires tranqui tronqui. Una de las cosas que más me sorprendió de Víctor es que de tanto giro podía decir con exactitud de donde venía, adonde iba y qué llevaba cada camión que paraba en la estación de servicio. "Perdí a mamá cuando tenía cuatro años y a los siete empecé a limpiar vidrios de coches en una estación". Después de escuchar estas cosas y por favor, no lo digo con lástima, uno se pregunta qué quejas propias son válidas, hasta dónde nos ciegan impulsos insignificantes que nos producen ira, envidia, bronca, mala sangre, etc.
A la mañana siguiente después de compartir unos mates con Víctor salí a hacer dedo y me levantó Hugo, un camionero de General Pico (La Pampa) que me alcanzó hasta Villa Regina, un buen trecho de 400 km. Obsesivo de la limpieza pasaba una franela por toda la cabina a cada rato y me acuerdo que me contó que una vez levantó a un mochilero mugriento y paró en la primer estación de servicio que se cruzaron y lo obligó a bañarse porque su olor era insoportable, jaja, ¡malditos hippies! El hijo de Hugo corría kartings y parece que era muy buen piloto. Trataba de transmitirle lo poco que había aprendido de su viejo con quien se peleó de pibe, huyendo de su casa: "la vida consta de tres cosas: trabajo, salud y honestidad". Según Hugo su mayor problema era ser impulsivo; una vez cayó en cana por mandar al hospital a un milico que le hinchaba las bolas en el laburo. Como a todos los que me llevaron le conté mis mambos con el viaje y la ciudad: que Buenos Aires está jodida, que te afanan en todos lados, que la gente anda acelerada, que cuando termine de estudiar me voy al carajo. Que si no viajás mirás las cosas siempre desde el mismo lugar y no aprendés nada. Charla va, charla viene, llegamos a destino.
En la estación de servicio de Villa Regina conocí a dos pibes artesanos-malabaristas-anarco-drogones. La frase suena graciosa pero no puedo describirlos mejor. Él era fanático de Eskorbuto, La Polla y Los Redondos, ella de Los Piojos, Los Gardeles y el rock nacional en general. Nos quedamos charlando y tocando la viola toda la tarde. El flaco había tenido una banda y tocó algunas canciones de su autoría que tenían letras verdaderamente muy buenas. Recién arrancaban con el macramé y cambiaron unas pulseritas por comida ¡y qué comida! Pizza de palmitos, increíble, fui muy feliz. Me ponía un poco mal, me daba un poco de pena, que hablaran tanto de drogas, que porro, que pepa, que merca y estaban todo el día de la cabeza pero reflexionando ahora un poco se me ocurre que es cuestión de esquemas sociales: yo, escapando siempre de acá para allá no puedo andar juzgando a nadie de tomarse vacaciones de la realidad; al fin de cuentas son elecciones. Más tarde se nos unió Mauricio, un camionero muy humilde y muy buena onda. Recuerdo que nos contó una anécdota que refleja un poco el boomerang que es la vida y no lo digo pensando en estúpidas lecciones de moral sino simplemente en flujo de energías. Si emanás buena vibra recibís buena vibra. Resulta que una vez tenía el camión estacionado en un parador, estaba a punto de irse a dormir, y de golpe abre la puerta una mochilera y se mete adentro de la cabina. Sorprendido pensó que era una puta, pero ella le pidió que por favor la deje esconderse ahí porque estaba escapando de un tipo pesado con quien salía. Mauricio medio dubitativo aceptó. El pibe vino a buscarla, él no lo dejó subir y cuando después vinieron dos gendarmes la mochilera estaba lo suficientemente escondida como para que no la encuentren. Cuando pasó todo el quilombo ella le agradeció por como se portó y le preguntó si la podía alanzar a su casa, en Buenos Aires, hacia donde se dirigía Mauricio. Él nuevamente le hizo la gamba y la llevó. Bastante tiempo después, en una época en que estaba distanciado de su mujer, Mauricio estaba muy campante en un boliche cuando varios de sus ex-cuñados lo vieron y le entraron a pegar de a seis. El camionero resistía en el piso como podía las patadas y las piñas pensando en su próximo y oscuro final cuando de repente alguien se metió en el medio de la gresca, sacó un chumbo y tiró un tiro al aire diciendo: "¡a él no lo toca nadie!". Los ex-cuñados por supuesto salieron cagando en medio segundo. Mauricio se reincorporó medio hecho mierda y miró a su salvador... ¡¡¡era el hermano de la mochilera que había conocido durante unos instantes en el momento en que la alcanzó a la casa varios meses atrás!!! Cosecharás lo que siembras dicen.
Anécdotas van, anécdotas vienen se hizo de noche y Mauricio, que estaba chocho de habernos conocido y de nuestra vida viajera, nos invitó unas birras. Después llegó el momento de irse a dormir y me despedí de todos ya que Mauricio les propuso a los artesanos alcanzarlos... ¡hasta Buenos Aires! Un pedazo de goma, más de 1000 km de una. A la mañana siguiente, a eso de las 11, siento que me llaman mientras dormía plácidamente (en realidad más o menos porque los paradores son ruidosos toda la fucking night) y pensé que era Mauricio que, confundido de carpa, intentaba despertar a los chicos para salir hacia Buenos Aires. Pero no, resultó que antes de volver lo habían mandado a cargar a Cipolletti (+100 km en dirección cordillera) y como sabía que yo iba para ese lado me llamó y esperó a que desarmara, dormido como estaba, el mini-campamento. Arriba del camión estaban ya los artesanos que partían en sentido contrario para después sí, ir hacia Capital. Llegamos a las hora y media a Cipolletti, tengo que admitir que con un cagazo bárbaro porque Maurició sobrepasó varios vehículos en curvas re cerradas bajo el lema de "pídanle a Dios que nos de suerte chicos" (!!!) El viaje fue pura guitarreada. La artesana, que era de Mardel, sabía muchas canciones de mi época de rock-chabón tipo Piojos, Gardeles, Viejas Locas, etc. y además cantaba re lindo. Me acuerdo particularmente de una linda versión de Tan solo que acompañé con la armónica. Mauricio estaba on fire y quería llevarme hasta Buenos Aires para que sigamos rockeandola todo el viaje pero mi camino recién empezaba y yo iba para el otro lado así que acepté gustoso su almuerzo a base de Sprite y sandwhiches de fiambrín, jamón y salame y me despedí de los tres para seguir mi propia ruta. El resto fue sencillo: me metí en Cipolletti en un cyber y vi que en autostop recomendaban pasar por El Chocón de camino hacia Bariloche y además que Cipolletti y Neuquén (separadas sólo por el río Negro) estaban jodidas para el dedo así que me tomé un bondi a Neuquén y otro a la terminal.
No puedo dejar de sonreir y felicitarme por elegir la aventura, el azar y las sorpresas y maravillas de la ruta a dedo antes que la comodidad aburrida del micro directo donde, la mayoría de las veces, no cruzás ni media palabra con el que tenés sentado al lado.
(Neuquén, 18 de febrero de 2008)
Todo se detiene
en un instante
gris
donde yo regreso
de mundos que añoraba
sólo por el placer de romper leyes.
Y vos
luz
único camino del alba
al lado mío.
Puta que vale la pena.
Afuera llueve,
todo es mil veces todo.
Hijo de la ruta,
¡levántate!
Observa a tu alrededor
las calamidades.
Descuida,
todo es un camino
de kilómetros o segundos.
Trovador,
¡narra las hazañas!
Las ideas
y los sueños
son el único combustible humano.
Mujer,
¡brilla!
El sentido del universo
se esconde en tu vientre.
Tu palabra es brisa,
tu mirada el pájaro de las buenas nuevas.
Las empresas se basan en criterios de maximización de beneficios; dentro de tal estructura las personas no pueden valer como personas sino como elementos al interior de una cadena productiva. El único objetivo es producir más dinero. Si un jefe te sonrie no te sonrie necesariamente porque le caes bien sino primero que nada porque quiere que produzcas más y mejor. Aunque pareciera que no, es la misma lógica que guía el comportamiento de un jefe que te trata mal. El jefe que te trata mal lo hace porque quiere que produzcas más y mejor. El jefe que te trata bien es más inteligente que el que te trata mal porque sabe que si te trata bien vas a producir mejor o vas a estar más conforme, que en términos de la empresa significa que vas a producir mejor, pero el resultado buscado es el mismo. Las empresas no dan oportunidades a sus empleados, solamente toman elementos de la sociedad y los ponen a producir con el único objetivo de multiplicar dinero. Cualquier empleado es lo mismo que otro y cualquier empleado es, en términos teóricos, reemplazable por otro. No importa cuáles (quienes) sean los engranajes que mueven la cadena productiva de la empresa mientras la cadena se siga moviendo. Nadie sabe bien qué es la empresa, nisiquiera lo saben los jefes, y sin embargo la empresa está ahí. Por eso los jefes ocupan bastante tiempo hablando de identidad, filosofía, trabajo en equipo, etc., buscando sostener una realidad que es insostenible en su propio peso. La empresa no son los números ni los empleados, ni los edificios, ni las instalaciones, ni los elementos que produce u ofrece porque se objetivan todas las relaciones sociales en su interior y todo el trabajo humano acumulado. La empresa no es otra cosa que la cadena que no debe detenerse porque si se detiene se pierde dinero. El absurdo que surge de toda esta lógica parte de la propia paradoja que es en sí el dinero. El dinero es idolatrado como algo positivo, sin embargo las únicas relaciones que se pueden establecer a su alrededor son relaciones de rivalidad. Si yo pago 10 y vos querés que te pague 11 hay un 1 de diferencia que establece una rivalidad. Si yo pago 10 estás perdiendo vos 1 más y si yo pago 11 estoy perdiendo yo 1 más. En el campo de los negocios no pueden establecerse relaciones de igualdad ni de desinterés. ¿Qué sentido tiene vivir una vida al servicio del dinero? Toda guerra en la actualidad se produce para multiplicar dinero. Cualquier guerra es una empresa y cualquier empresa es una guerra. La guerra en la televisión te horroriza pero si trabajás en una empresa, ya seas empleado o jefe, estás sosteniendo, como mínimo tácitamente, las razones que fundamentan esa guerra, es decir, considerás que está bien dedicar tus capacidades creativas a producir más dinero. El dinero es contrario a la naturaleza creativa humana y la ciega. Toda creación pensada por y para el dinero es una creación falsa en términos de bienestar y desarrollo humano.
El único autor no engreído es el autor colectivo: su palabra es un libro, su voz es un grito.
Todos los que escriben son engreídos porque creen que tienen algo importante para decir, como yo en este momento.
(pic de http://eldesmitificadorargentino.blogspot.com/2008/06/el-to-o-el-diablo-de-los-mineros.html)Pareciera ser que ahí decidió fijar residencia cuando se sintió como en casa en cada una de las minas de plata de la región andina, infierno entre los infiernos de la tierra, hambrientas bocas que se alimentaron de unos 8 millones de almas entre indígenas y esclavos africanos gracias a la imposición de la brutal mita, y donde aún hoy en día los mineros saben que entran a los quince imberbes y saludables para salir consumidos en un cajón a los treinta (con suerte y muchos francos a los treinta y cinco), después de haber fumado incontables cigarros negros sin filtro, de esos que un bebedor profesional de kerosene industrial se niega a aceptar si se los ofrecen bajo el lema "no gracias, me estoy cuidando".
Se dice también por la zona que hubo otras razones de peso en su decisión de radicarse en el altiplano: algunas sacras, como la existencia en los alrededores de lugares celestiales como el Gran Lago y el Gran Desierto Blanco (para los más olvidadizos Lucifer antes de diablo fue ángel y uno nunca puede renunciar del todo a su pasado), y otras sumamente profanas, pero no por eso menos importantes, como la cercanía a recursos estratégicos de buena calidad como pala y faso.
Federico: qué irrespetuoso de mierda. Se ve todo muy gracioso y relajado cuando escribís con tu letra impresentable y tus "a" minúsculas de dos trazos. Bien que te cagaste en las patas como nunca en tu god_fucking_life cuando lo conociste.
Fue en San Cristobal, distrito de Lípez, departamento de Potosí. Hacía tres días que veníamos a bordo de una supuesta 4x4 recorriendo la zona del volcán Licancabur, las lagunas de colores, los geisers, el increible vacío antiguo, gastado, potente, que es la altiplanicie boliviana. Esa noche nos habíamos acostado temprano luego de unas manos de Yanif y Shithead (el que pierde es un cabeza de mierda!), los respectivos trucos israelita y británico que aprendimos de la mano de dos israelitas y dos británicas que viajaban con nosotros. Los israelitos eran hermanos, iguales en forma y contenido; las inglesas eran amigas, otra que había venido a visitar a la una que trabajaba desde hacía dos años en una exótica ONG del exótico Paraguay en la aún más mística, lejana y exótica Sudamérica. Nos fuimos a la cama temprano porque al otro día íbamos a visitar el majestuoso salar de Uyuni y la idea era estar ahí a las cuatro de la madrugada para recibir el amanecer en el que luego fue, creo, el mayor espectáculo que vi en mi vida. El baño prometido desde hacía tres polvorientos días no iba a llegar porque en todo el pueblo no habìa agua.
Se vuelve irónico (en realidad por lo inevitablemente evidente, trabalenguas del sistema) pensar cómo es que no está solucionado este problema, el más importante, la primera necesidad, el H2O, por los dueños de Apex Silver Mines Ltd., cerdos capitalistas yanquis que con gracia (el humor más negro es reirse al dar limozna) remodelaron el pueblo invirtiendo como mucho unos 100.000 dólares mientras se llevaban varios billones con la explotación de una mina de plata y zinc en las cercanías que contamina medio altiplano. Pero claro, proveyeron a San Cristobal (menos de 1000 habitantes) de un estúpido autobus amarillo norteamericano para escolares (tiene puerta atrás y todo) y reformaron (modernosamente, bien a lo yanqui) la única escuela, en una alta demostración de su interés por elevar la calidad de vida de los paisanos y, sobre todo, respetar la idiosincrasia local.
Seguramente hubo otros 100.000 para el intendente o para quien pueda dar la habilitación de seguir prostituyendo la misma tierra prostituida, masacrada, usurpada, violada y vuelva a violar una y otra vez desde hace cinco largos siglos, como si no fuera suficiente con las múltiples desvirgaciones a base de dinamita, aprovechando que cada nueva vagina abierta se rehusa generosamente a secarse para seguir eyaculándole mercurio.
Eran cerca de las doce de la noche y llevábamos un largo rato durmiendo cuando sucedió. Como única pareja entre los seis viajeros nos habían cedido la habitación matrimonial, es decir, cuatro paredes desgastadamente blancas por haberse escapado del brazo bienhechor de la Apex Silver Mines Ltd., y en un ángulo la cama. Mirá si el guacho es poderoso que se metió sin permiso en mi sueño, como una goma en negativo borró (es decir, pintó de negro) cada átomo de materia, cada luz, cada color, cada línea de felicidad, cada oportunidad de sonrisa, cada apuesta de alegría... y después de todo esto me despertó y se me quedó mirando. Nada más (¡¿y qué mas?!) que dos ojos rojos brillando en el rincón opuesto a la catrera (no podrían ser de otro color, la carga es cultural [¿humana?] según la iglesia [según Victor Turner], no podían brillar en otro ángulo, la carga es cultural [¿humana?] según occidente [según Lèvi-Strauss].
Los ojos eran dos antibigbang, dos puntos de energía devastadora; mierda reconcentrada y pesada: arsénico, plomo, catión, anión, ión, ión... Eran primero el cáncer de mamá, la succión gota a gota de todo vigor en un proceso invisible, irrefrenable y certero; al mismo tiempo la adicción al juego de papá, la aliteración al infinito de la autodestrucción; amt esa mano fúnebre violándote (sí, fue violación) en el río, la transgresión de las fronteras definidas hacía años; amt la bala que suicidó a mi suegro, ese instante supremo y tardío de iluminación súbita... O lo mismo, más barato y sin iones si te gusta: la guerra, el hambre, un torso, sólo el torso, sin brazos, ni piernas, ni cabeza, ni sexo... miles de almas condenadas a vivir en un mundo sin conectarse jamás (¿entonces los honguitos son Dios?).
Y lloré por ayer, por hoy, por mañana, por impotencia, por no tener el poder suficiente para dominar ese poder. Trastorno de las alteraciones, inquietud del nerviosismo, para esa altura Dani ya se había despertado y estaba desesperada al no poder calmarme, a mí, exponente de la fría razón disimulada en relativismo. Culiao' está bien que vivas en Bolivia pero yo estaba de vacaciones y no tenías derecho.
Pasó una hora antes de poder dormir de nuevo y para siempre mal. Desde ahí hasta hoy, bipolaridad. Juro que no miento: al otro día me maravillé con el Amanecer en el Gran Desierto Blanco.
Así conocí al diablo.
Canal 2 a las 2 de la mañana: elegir una religión es renunciar a pensar, dejarse vencer por el mounstro comehombres. Empresarios!
El lago es transparente de agua tan pura que dan ganas de beberla toda. En la orilla arcillosa miles y miles de arañas descansan al sol y tejen pacientemente sus telas entre rocas rojizas de origen volcánico. Numerosos cardúmenes de arcoiris pululan de aquí para allá y escapan raudos ni bien se sumerge un pie en el delicioso líquido.
No puedo evitar bañarme en cada playa, cruzar cada mini-bahía a nado, experimentar con los ojos abiertos bajo el agua cada hora y su particular refracción de la luz solar. Luego, atardece infotografiablemente y sale la luna llena.
Una de las pequeñas bahías choconenses
Febrero de 2008.
No venía hace tres años y tengo una historia de amor y odio con esta ciudad. En realidad me encanta pero tengo una historia de amor y odio con una mujer. Toda mujer es una ciudad y toda ciudad es una mujer. En fin, Montevideo me quedó muy pegada a una ciudad/mujer que habité/viví de pendejo, cuando exagerás todo. Pienso si la palabra exagerar es la adecuada porque tiene cierta connotación negativa que es justamente la que quiero evitar. Quizás es mejor decir "cuando vivís todo con más intensidad". Pero así parezco viejo, además de estúpidamente correcto. Whatever.
Al volver me acordé de las muchas cosas que me gustan de acá: la buena onda de la gente, los carritos de increíbles hamburguesas (con salsa de hongos! entre otras), ese color de piel tan particular, tan bonito y tan indescriptible del morocho mestizo, del negro uruguayo... los tambores... las calles espaciosas, la enorme cantidad de árboles... los conductores que paran para dejarte cruzar, los motociclistas, uno dos o cien arriba de la moto, TODOS con casco, el candombe que se escucha al pasar por las puertas de las casas del Barrio Sur, de Palermo... el carnaval, las llamadas, los tablados... Ciudad Vieja con sus persianas y candados oxidados, tan testigos del paso del tiempo pero a la vez tan auténticos y contemporáneos.... la gente que nos invitó a su casa cada vez que llegamos a Montevideo, sin conocernos... el mercadito del puerto... Parque Rodó (Cometa de la Farola!)... una tarde de mates caminando por la rambla; los montevideanos (esa misma tarde en la rambla, cualquier tarde en la rambla) en grupos de a dos, tres, cuatro, cada uno con su mate y no por codicia sino por pasión... llegar a dedo desde Rocha, hacer dedo apenitas pasando el puente Santa Lucía... la noche en que nos colamos por la pared de atrás al recital de Attaque en La Factoría y después cruzamos toda la ciudad a pata... Pocitos, Avenida Italia, la vieja centralita de Gas sobre la costanera donde acampamos un viernes a la cinco de la mañana... las guitarreadas en Plaza Cagancha mangueando guita (también arriba del bondi!)... ese airecito a paz que se respira por todos lados (a pesar de ser una metrópoli), fruto entre otras cosas, de la energía de la presencia constante del río, que no es como en Buenos Aires algo alejado, sucio, casi ajeno, sino una parte importantísima del paisaje y comparte de igual a igual la vida con la ciudad...
Me siento un poquito montevideano... y me encanta.
Enero de 2008
(pic de http://javieraroche.com/2006/07/14/deviantart-diario-bitter-end/)
Hoy la ciencia propone y la economía dispone (pff!). Seamos científicos (expongamos argumentos) y economistas (usemos números, ya que pareciera que la economía ahora es sólo eso):
Convengamos en que somos seis mil millones de patapúfetes viviendo en un mismo pequeño-gran hogar. Perá, te lo pongo en ceros: 6.000.000.000. Una vez Pasqua, compañero de senderos mentales, calculó que podemos conocerlos a todos si le dedicamos medio segundo de nuestra vida a cada uno... sin dormir!!!
Convengamos además, en que cada uno de estos 6.000 millones de patapúfetes es poseedor de una energía única (y compartida) e inigualable (para los científicos escépticos hablemos de potencial personal creativo) que puede consagrarse a promover, cultivar, multiplicar, imaginar, construir, desarrollar e interconectar entre patapúfetes para constituir una unidad superior e indeterminable a partir de la individualidad de las partes...
Convengamos ahora, en que algunos (pocos, muy pocos) patapúfetes, que como buenos patapúfetes tienen las mismas propiedades psicopatapúfetobiológicas que nosotros, dividieron y dividen nuestra casa (y nuestra mente) en compartimientos arbitrarios, así como también distribuyen la comida, los sueños y las ideas de forma absurda y despótica. Imponen las modas, los modos, los medios, los miedos. Monopolizan la felicidad (y los criterios de felicidad, que es todavía más grave), distribuyen la violencia, gastan fortunas en nombre del buen gusto (estético, material, filosófico) para demostrar que tienen el control para gastar fortunas en nombre del buen gusto (estético, material, filosófico)... WTF!?
Convengamos finalmente, en que estos patapúfetes nos manipulan (a nosotros, los no-otros patapúfetes) mediante estrategias (y palabras) deliberadamente pensadas (¿alguien dijo "democracia liberal", "trabajo dignificante", "sacrificio necesario"?) cuyo fin es naturalizar estas diferencias distributivas, de acceso, de elección, diferencias imposibles de justificar desde un plano trascendental (la vida, la muerte, la luz, la oscuridad, el infinito manojo de sabores que confluye en esa unidad universal del ser humano), diferencias que buscan opacar y disgregar nuestras uniones energéticopatapuféticas...
E-e-e-e-ntonces???
La visión hegeliana de la historia supone un desarrallo de ciclos progresivos que se suceden (pero nadie habla de finales señor Fukuyama!); el paso de una etapa a la otra se produce mediante la resolución de las contradicciones ya insostenibles (la síntesis entre una tesis y su antítesis) de la etapa anterior. Gracias Georg Wilhelm Friedrich. Ahora bien, si los últimos dos "convengamos" no son contradicciones en relación con la esencia, la energía vital (tangible, palpable, patente, visible) de los dos primeros... ¿qué carajo son?
Se acerca el final de una era. Emanemos humanismo (trabalenguas del destino).
Les acerco un temita nuevo que estamos tocando con EAM... Espero que pronto en vivo!
¿Dónde irás esta vez?
Castillos de arena esconden tu alma.
Se derriten como miel,
no queda ni una muralla.
Brilla un cielo de otoño gris, gris gris...
Se acerca el tiempo de partir,
los sueños vuelan frente a tí...
Las miradas se agotan,
tras tu piel se esconde el sol,
con tristeza infinita,
con olor a tardecita, de hojas secas y bajón,
como si el mundo se fuera a deshacer.
Imagino al tiempo, desnudo en tu habitación,
destruyéndonos,
destruyéndonos...
Y lo escucho también, susurrándote al oído,
el muy bandido sabe bien quien soy.
Se que te buscaré,
cuando pase esta tormenta,
de libros a medias, de puertas abiertas,
de voces sin nombre y sin color...
Sin humildad ya no hay transparencia,
el alma se seca, se apaga el amor.











