mamá y Mamá



Estábamos parados en el jardín, Marce, Zequi y yo. Esa cosa de los sueños de juntar a dos amigos que ni se si se conocen y, creo, no tienen nada en común. De un lado yo y del otro ellos dos y en el medio y perpendicular al jardín, entre el pasto bien verde y mullido, el cuerpo de mamá tapado de pies a cabeza por una sábana blanca. Yo sabía que se nos había ido hacía seis meses. Yo sabía que debajo de la sábana se insinuaban los tremendos colores de la corrupción. Así es que, entre vacilaciones, no me le animaba, aunque también sabía bien que finalmente era hora de enterrarla. Marce me entendió con sólo mirarme, y acostumbrado como está a tratar con la carne falta de vida, se ofreció a ayudar y a lavarle los pies.

En eso estábamos cuando me doy vuelta y, para gran sorpresa, desde la cocina viene caminando despacito Mamá, otra mamá, una mamá gastada pero viva. Acompañada por el traidor que, gracias a Dios, es irrelevante en esta historia. Se acerca a la escena muy afligida y yo la entiendo al vuelo y le pregunto señalando su cuerpo "Mamá, vos querés que te dejemos afuera un rato más, no?". Ella asiente llorando y sin emitir palabra. "No te preocupes, quedate tranquila, te dejamos acá". Entonces me mira directo a los ojos con infinita tristeza, con esa infinita tristeza de sus últimos meses y simplemente me dice "Estoy muy cansada". "Vení, te acompaño arriba", la abrazo y nos vamos los dos juntitos para adentro.

Yo, que siempre proclamo a los cuatro vientos que todo se puede hacer de a dos y de a tres y de a más, me despierto a media madrugada y de golpe descubro que hay instantes supremos en los que te toca enfrentarte a la suma de todas las cosas del mundo en total soledad.

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