Íbamos a ir a La Plata, en tren. El tren de golpe era una cámara enorme, con tapices de distintos colores colgando verticalmente desde el techo y superpuestos entre sí. No vi la pared pero estoy seguro que era de piedra, gris oscuro, en consonancia con la atmósfera medieval. En el medio de la habitación había una mesa de madera redonda, grande y gastada, de unos tres o cuatro metros de diámetro. Nosotros estábamos sentados alrededor. A pesar de que no éramos muchos, unos seis o siete quizás, y de que la mesa era bien amplía, estábamos cómodos y a la vez no demasiado alejados los unos de los otros.
En un determinado momento alguien vació en el centro de la mesa una bolsa que contenía gemas. Frente a mí, en línea recta desde el centro y aproximadamente a un tercio entre este y el borde quedaron una piedra transparente y una piedra negra, la primera a la izquierda, la segunda a la derecha. Siguiendo un instinto que no podría explicar, me concentré.
La gema transparente se acercó hacia mi deslizándose suavemente por el aire. Cuando la tuve delante, a medio metro y a la altura de los ojos, empezó a balancearse en una dulce danza curvilínea. Me invadió un calor apacible y delicioso en el medio exacto del cuerpo, entre el ombligo y la espalda. Unos instantes más tarde esta asombrosa sensación de bienestar comenzó a subir invadiendo cada poro y conquistando cada nervio hasta alcanzar la cabeza. Era luz. Yo no podía entender y reclamando una explicación busqué a los otros con la mirada. Todos me sonreían plácidamente, contentos de haberme iniciado en ese secreto tan maravilloso. Estuve un rato largo jugando con la piedra (ahora pienso que podría ser cuarzo) mientras flotaba apacible, o quizás fue ella la que jugó conmigo.
Luego fue el turno de la piedra negra. La miré y percibí su energía. Era energía oscura y enseguida entendí que con ella se podía controlar la oscuridad, los sueños y las pesadillas, los miedos, la noche y los secretos de personajes sombríos. La piedra negra me inspiró respeto pero en ningún momento sentí miedo, ni la necesidad de utilizarla. Solamente el conocimiento.
En ese momento me desperté. Durante los primeros minutos sentí todavía en el cuerpo la ambivalencia de los dos poderes que, en mi viaje, pude reconocer. Fue extraño, porque estaba perfectamente lúcido, al contrario de lo que sucede siempre al despertar de un sueño cuando todo aparece como nebuloso y fugaz. Entendí que frente al hombre se abren a cada paso, en cada decisión, dos caminos llenos de conocimiento, responsabilidades y consecuencias.
En un determinado momento alguien vació en el centro de la mesa una bolsa que contenía gemas. Frente a mí, en línea recta desde el centro y aproximadamente a un tercio entre este y el borde quedaron una piedra transparente y una piedra negra, la primera a la izquierda, la segunda a la derecha. Siguiendo un instinto que no podría explicar, me concentré.
La gema transparente se acercó hacia mi deslizándose suavemente por el aire. Cuando la tuve delante, a medio metro y a la altura de los ojos, empezó a balancearse en una dulce danza curvilínea. Me invadió un calor apacible y delicioso en el medio exacto del cuerpo, entre el ombligo y la espalda. Unos instantes más tarde esta asombrosa sensación de bienestar comenzó a subir invadiendo cada poro y conquistando cada nervio hasta alcanzar la cabeza. Era luz. Yo no podía entender y reclamando una explicación busqué a los otros con la mirada. Todos me sonreían plácidamente, contentos de haberme iniciado en ese secreto tan maravilloso. Estuve un rato largo jugando con la piedra (ahora pienso que podría ser cuarzo) mientras flotaba apacible, o quizás fue ella la que jugó conmigo.
Luego fue el turno de la piedra negra. La miré y percibí su energía. Era energía oscura y enseguida entendí que con ella se podía controlar la oscuridad, los sueños y las pesadillas, los miedos, la noche y los secretos de personajes sombríos. La piedra negra me inspiró respeto pero en ningún momento sentí miedo, ni la necesidad de utilizarla. Solamente el conocimiento.
En ese momento me desperté. Durante los primeros minutos sentí todavía en el cuerpo la ambivalencia de los dos poderes que, en mi viaje, pude reconocer. Fue extraño, porque estaba perfectamente lúcido, al contrario de lo que sucede siempre al despertar de un sueño cuando todo aparece como nebuloso y fugaz. Entendí que frente al hombre se abren a cada paso, en cada decisión, dos caminos llenos de conocimiento, responsabilidades y consecuencias.


0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada